11 mar. 2015

El concepto de Historia de la Filosofía

por Liliana Ponce

La interpretación de una obra del pasado no surge sólo de ella misma ni es arbitraria. Toda interpretación es suplementaria: le da al texto un exceso de sentido. El sentido del texto se hace disponible en una serie diferencial (su inscripción en relación con otros textos) y según una regla secuencial (su inscripción en relación con una serie temporal).
La filosofía tiene una existencia concreta en los textos que produce y en los que se manifiesta. En cuanto obra discursiva, en cuanto obra racional y en cuanto reflexión sobre los trabajos filosóficos de la historia debe ser considerada, al mismo tiempo, como Filosofía (discurso-objeto) y como Meta-filosofía (metadiscurso).
Esto significa que la filosofía no sólo se expresa en las construcciones racionales que nos llegan desde nuestra tradición, sino también en la actividad de la razón por la cual ella se constituye a sí misma y, relacionándose con sus propias obras en esta reflexión, no puede dejar de devenir obra de interpretación de sí misma. En Filosofía, la interpretación es interpretación de la Historia de la Filosofía.
Sin embargo, durante buena parte de su historia, la filosofía no ha tenido historia. Tenía conocimiento del pasado, su pasado; pero sin la pretensión de estudiarlo ordenada y metódicamente. La Historia de la Filosofía es una "invención" reciente, data de fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX. Así, la filosofía "moderna", se ha definido como una época fundamentalmente "antihistórica": Descartes defendía, contra las fuerzas del pasado, la libertad del espíritu, la autonomía del desarrollo de la razón. Para él, la verdad no había que buscarla en los textos, sino en la evidencia de la idea clara y distinta. "Hacer ciencia" no era, para él, "escribir la historia", sino emprender el camino de la razón, para acceder a sus "indubitables" certezas.
Luden Braun (Histoire de l'histoire de la philosophie, Paris, 1973), ha distinguido dos etapas principales en el desarrollo de la Historia de la Filosofía: a) la etapa de "prácticas" de historia de la filosofía; b) la etapa de "desarrollo" de la disciplina propiamente dicha, siendo el siglo XVIII el "punto de inflexión" entre ambos períodos.
El primer período, el período de "prácticas", incluye doxografías, biografías y narraciones, donde lo que falta es una "mirada de conjunto" del pensamiento filosófico. En este período, encontramos algunas reflexiones históricas en la obra de Aristóteles (fragmentarias y en distintas obras como la Poética, la Política, o la Metafísica), Diógenes Laercio (Vida de los filósofos más ilustres), San Agustín (Civitas Dei), siendo la época del Renacimiento donde encontramos los comienzos de una "historia erudita" de la filosofía.
La historia de la filosofía, nace entonces en el Renacimiento, cuando se descubre en Occidente a los compiladores de fines de la Antigüedad (Plutarco, Sexto Empírico, Clemente de Alejandría, el propio Diógenes Laercio). A través de estos pensadores, se revela una multiplicidad de “escuelas” antiguas, de perspectivas que habían escapado por completo al pensamiento medieval. Sin embargo, en este período, la "historia de la filosofía" se limita a la "filosofía antigua" o a la filosofía que va hasta el primer siglo de nuestra era, esto es, hasta el período en que se detienen las compilaciones de los autores nombrados. De allí que la "historia de la filosofía medieval" no forme parte del trabajo de los historiadores de la filosofía sino hasta el siglo XVII.
Bacon también concibe a la historia de la filosofía como historia de las escuelas, como una parte de la historia literaria. Lo que le interesa no es tanto el análisis y el conocimiento preciso del contenido de las doctrinas, sino su enumeración y su sucesión. Y esto en la medida en que el objetivo de los hombres del Renacimiento no es informarse sobre el pasado, sino restaurarlo y remontar el espíritu humano hasta sus fuentes vivientes. Por lo demás, no se estudia a los autores si no se comparte su doctrina: a través del trabajo de los seguidores o partidarios se conoce la historia propiamente dicha de las doctrinas.
De este modo, el resultado de toda la erudición del Renacimiento es la fragmentación del pensamiento filosófico en una infinidad de escuelas y de estudios filológicos sobre las fuentes. En 1645, Horn (Historia philosophica) remarca que su siglo (con Descartes y Hobbes) es "el siglo de los filósofos" mientras que el siglo precedente había sido "el siglo de los filólogos": según este autor, lo que se quiere hacer hoy, ya no es restaurar los pensamientos y las verdades del pasado, sino encontrar, más allá de la multiplicidad de opiniones, las fuentes de la filosofía verdadera.
Para los racionalistas de los siglos XVII y XVIII, la "historia de la filosofía" no es más que un museo de errores y de tropiezos del espíritu humano, y no sirve más que como "erudición", por lo cual la filosofía, si aspira a la verdad, deberá cambiar profundamente sus "métodos" y sus "perspectivas".
Ahora bien, nos preguntamos con Emile Bréhier:

"¿Es posible una mirada de conjunto sobre el pasado filosófico? ¿No se corre el riesgo, a causa de la enorme complicación de los hechos, de que sea muy difícil, si no se elige y se quiere ir al ritmo de pensamientos indefinidamente múltiples, o de que sea superficial, si se elige? Es cierto de no se puede representar el pasado sin clasificar los hechos de alguna manera; esta clasificación implica ciertos postulados..." (Bréhier, 1928: 2).

A fines del siglo XVIII, los pensadores intentaron introducir una cierta unidad y continuidad en la historia de la filosofía. Durante la primera mitad del siglo XIX se vio el esfuerzo por construir aquello que no había sido más que un esbozo. La idea de considerar la Historia de la Filosofía en el conjunto y la unidad de su desarrollo es un aspecto de las doctrinas del "progreso" del espíritu humano que nacen de la mano de la filosofía de Hegel por un lado y de la filosofía positivista de Comte por el otro. Ambos incluyen como elemento necesario para el desarrollo del "espíritu" una historia de la marcha filosófica de la humanidad. Para ellos, no es posible definir el “espíritu humano” aislándolo de su propia historia. En este momento, se busca un principio de enlace interno que permita comprender las doctrinas y de apresar su significación histórica puesto que lo que le faltaba a los historiadores era el sentido histórico, esto es, la percepción de los matices del pensamiento pasado.
Reinhold lo expresa muy bien:

"La razón por la cual la historia de la filosofía aparece en nuestros manuales como una historia de la locura de los hombres más que de su sabiduría, por la cual los más célebres y a menudo los más meritorios de la antigüedad son maltratados de la manera más indigna, por la cual sus visiones más profundas son malinterpretadas en el santuario de la verdad y entendidas como los más simples errores, es que se ha comprendido mal sus ideas, y se las debía comprender mal porque, juzgándolas, se atenían a los principios posteriores de una de las cuatro escuelas metafísicas principales, o porque estaban habituados por los métodos de la filosofía popular a prevenir las búsquedas más profundas de los oráculos del sentido común" (Reinhold, Uber den Begrif der Geschichte der Philosophie, dans Fülleborn, Beitraege zur Geschichte der Philosophie, I, 1791, p. 33, citado por Bréhier, 1928).

Este mismo programa es seguido por Tenermann (Geschichte der Philosophie, Leipzig, 1798-1819, 11 vol, citado ibidem), para quien la historia no debe presuponer una idea previa de la filosofía. Una historia de la filosofía no es más que una "pintura" de la formación gradual de la filosofía, "la pintura de los esfuerzos de la razón por realizar la idea de una ciencia de las leyes de la naturaleza y de la libertad" (Bréhier, 1928: 20-21).
Ahora bien, este principio de unidad interna de la historia de la filosofía se presenta de dos maneras: a) como principio de clasificación de las doctrinas que trata de hacer entrar en un pequeño número de "tipos" todas las escuelas posibles; b) como desarrollo gradual en el que cada doctrina importante constituye un momento necesario.
El primer punto de vista está representado por de Gérando (Histoire comparée des systérnes de philosophie relativement aux principes des connaissances humaines, París, año XII, 1804, 3 vol.), quien abandona el antiguo método de la historia de las escuelas. Según él, la "historia narrativa" debe ser sustituida por una "historia inductiva y comparada", cuyo "método" consiste en establecer un número de cuestiones primitivas a las cuales debe responder cada sistema. Según las respuestas dadas, se puede apresar el espíritu de cada uno de ellos y agruparlos en "clases naturales"; una vez hecha esta clasificación, se podrá compararlos, comprender sus puntos de divergencia y, finalmente, considerándolos como experiencia en la marcha del espíritu humano, juzgar cuál es el mejor. Para todo esto es necesario: a) establecer cuál es la cuestión primitiva que sirve de base a la clasificación b) agrupar y clasificar los "sistemas" conforme a los criterios establecidos c) ordenarlos en un cuadro o "tabla" donde se muestre la pluralidad de sistemas
Según Bréhier, el problema que sirve de base para la clasificación es el de la naturaleza del conocimiento humano; por lo cual la "historia de la filosofía" es un "ensayo de filosofía experimental" que muestra el valor de cada solución dada al problema del origen del conocimiento (Bréhier, 1928: 22).
El método de Victor Cousin (Histoire genérale de la philosophie, 4ta. edic., Paris, 1867, p. 4) no agrega mucho al de de Gérando. Es una especie de médium entre el método del botánico que clasifica a las plantas por « familias» y la explicación psicológica, que enlaza los hechos primitivos del espíritu humano. Ante la « prodigiosa » cantidad de sistemas filosóficos, pertenecientes a diversidad de países y de tiempos, es necesario desprender un número de «caracteres » que permitirán reducir esta « multitud infinita » de sistemas a un número de sistemas principales que comprendan a los demás. Después de la clasificación viene la explicación.
"Estas grandes familias de sistemas provienen del espíritu humano" (Bréhier, 1928: 22). Esta es la causa por la cual el espíritu humano, tan constante a sí mismo como la naturaleza, los reproduce sin cesar." La historia de la filosofía se transforma así en "psicología del espíritu humano". En ambos casos, puede decirse que: "Se domina a la historia negándola, puesto que se reemplaza el desarrollo de las doctrinas en el transcurso del tiempo por su clasificación" (Bréhier, 1928: 22).
El segundo punto de vista que permite introducir unidad en la historia de la filosofía es el de la relación dinámica entre los sistemas, en el que cada uno aparece como un momento necesario de una historia única. Esta es la idea de una "historia de la filosofía" que refleja las tendencias generales de comienzos del siglo XIX: la historia de la filosofía "progresa" como lo hace la "humanidad" misma.
Para Comte en Systeme de Politique positive (1851-1854), de lo que se trata es de reconocer una "ley inmanente" que pueda aprehenderse por la "observación directa". No hay ciencia que pueda ser comprendida sin su propia historia, siempre "inseparable" de la historia general de la humanidad. El pensamiento de Comte se corresponde con el movimiento general que hemos visto aparecer en el siglo XVIII contra la idea de una historia de la filosofía como mera enumeración de escuelas fragmentarias. Para Comte, existe una "continuidad dinámica" que nos impide creer que en las opiniones humanas existen "cambios radicales". Cada una de las modificaciones del pensamiento no son sino la expresión del impulso de la progresiva subordinación del espíritu al orden objetivo. Lo que muestra este pasaje progresivo de la marcha del espíritu  es la transformación de una "lógica" puramente subjetiva a los métodos "objetivos" de la ciencia. Como señala Bréhier:

"Esta visión de una marcha continua, que no puede ser retrógrada, conduce a Comte a transformar por entero el valor dado por los historiadores del siglo XVIII a cada período del pasado, particularmente al pensamiento griego y medieval. [Comte] protesta formalmente contra "las hipótesis irracionales de ciertos eruditos sobre una pretendida anterioridad del estadio positivo frente al estadio teológico", alusión debida a una objeción que se puede extraer de la ciencia positiva de los griegos que precede al pensamiento medieval" (Bréhier, p. 23).

Estas hipótesis, agrega, "han sido revertidas irrevocablemente a partir una erudición mayor". La unión de la teología y de la metafísica, que caracteriza a la Edad Media, unión que, a los ojos de los escritores protestantes como Brücker o los enciclopedistas, es un escándalo y una monstruosa alianza, es precisamente lo que hace superior a la Edad Media ante la antigüedad, y lo que prepara a la edad moderna. La teología sin metafísica es necesariamente el politeísmo; que constituye el verdadero estadio teológico, donde la imaginación prevalece libremente. El monoteísmo resulta siempre de una teología esencialmente metafísica, que restringe la ficción por medio del razonamiento (Comte, 1851-1854).  
Comte entiende entonces por filosofía no tanto a los sistemas técnicos de los especialistas de la filosofía, sino a un estado mental difundido a través de la sociedad que se manifestará en las instituciones jurídicas, en las obras literarias o en las obras de arte. Lo que le interesa a Comte, antes que nada, son las "representaciones colectivas", en las que los puntos de vista individuales toman su lugar en cuanto "reflejos de lo colectivo", en el que cada "sistema de opinión" está en relación con una "época", y es esta relación la que justifica su presencia en la "historia" positiva.
Como señala Bréhier, antes de Comte, Hegel también hizo una defensa de los sistemas, mostrando que su diversidad no se opone a la unidad del espíritu. Según Hegel, la historia de la filosofía hace visible, en las diversas filosofías que aparecen, que no hay más que una única filosofía en diversos grados de desarrollo, y que los principios particulares sobre los cuales se apoya un sistema no es más que una rama de un único y mismo conjunto (Ver: Georg W. F. Hegel, Lecciones de Historia de la Filosofía, Introducción). Para Hegel, la historia de la filosofía es el desarrollo (despliegue) de un "único espíritu viviente" que toma posesión de sí mismo en el tiempo.

"Unidad del espíritu humano y continuidad de su desarrollo, tales son las certezas a priori que, imponiéndose al historiador antes de haber comenzado su investigación, lo ponen en manos del hilo que le permitirá orientarse. Lo que esta tesis supone, es la existencia de una especie de a priori histórico, a priori que consiste en la naturaleza del espíritu y cuyo conocimiento no es del todo accesible por métodos históricos. La historia de la filosofía es la historia de las manifestaciones del espíritu; como tal, está libre de contingencias y de accidentes; el historiador está así seguro de encontrar un lazo dialéctico entre los sistemas que se suceden. Del mismo modo, Comte hace reposar su "ley de los tres estadios", no en una inducción histórica, sino sobre la "naturaleza" del espíritu humano" (Emile Bréhier, 1928: 26).

Con Hegel y Comte, nos encontramos en el extremo opuesto de la situación en que el Renacimiento había dejado a la historia de la filosofía: el  pasado no se opone al presente, no hay que "restaurarlo", sino que debe ser comprendido en el desarrollo de la unidad de un plan sistemático y preconcebido. Sin embargo, esto no es más que un "postulado", o un "supuesto" introducido por el historiador de la filosofía. El conocimiento de la ley inmanente que gobierna el desarrollo histórico no es, en ninguno de los dos casos, el resultado de la "observación" o de la "inducción" histórica, sino el resultado de una operación de la filosofía misma: la unificación en un todo coherente de una multiplicidad de pensamientos. Estamos frente al momento de la emergencia del "concepto" de "historia de la filosofía".
Sin embargo, hacia fines del siglo XIX, se abandona la doctrina de una pretendida "necesidad histórica" que organiza la totalidad de los sistemas de pensamiento. Esta época, y la nuestra, nos dan el espectáculo de una especie de desagregación de las grandes síntesis históricas. Según Bréhier, los "signos" externos de este "estado del espíritu", es que las obras de historia de la filosofía, ya no son "historias de conjunto", sino obras limitadas a un período histórico, a una nación o a un problema filosófico. Por su parte, las historias generales de la filosofía adoptan un método más "analítico" que "sintético" y tienden a recoger los resultados de trabajos especializados, más que a "descubrir" la ley inmanente de un desarrollo. Ejemplos de este modo de "hacer historia de la filosofía", son la Philosophie analytique de l'histoire (1896-97) de Renouvier, la Histoire de la philosophie européenne (1883) de Alfred Weber, la Histoire de la philosophie par problèmes, de Paul Janet y G. Séailles (1887), y los Grundriss der Geschichte der Philosophie (1923-1928) de Friedrich Ueberweg, que trata de dar cuenta de los trabajos originales sobre cada cuestión.
Bréhier menciona como "causas" de esta transformación: por un lado, el avance de los estudios filológicos a partir de 1850, donde la disponibilidad de fuentes y recursos impide un trabajo idéntico sobre los textos y la multiplicación de estudios sobre las doctrinas no permite encontrar un punto de apoyo sólido para una construcción sintética. Por otro lado, la ambición de describir el "conjunto" del pasado filosófico deja de lado la individualidad de los filósofos. Hasta ese momento, los historiadores de la filosofía se habían ocupado más de las "filosofías" que de las individualidades (Platón, Descartes, Pascal) que dieron origen a los sistemas. Sin embargo, para Bréhier, las filosofías, lejos de reducirse a la expresión de "las mentalidades colectivas", del "medio ambiente" o de "los momentos históricos", son verdaderas creaciones de sus productores. Esto no significa que haya que dejar de lado los condicionantes culturales en las cuales emergen las filosofías.
Por último, cabe señalar que hoy, ya no es pensable la construcción de un "sistema", ni de filosofía, ni de historia de la filosofía. A las grandes "síntesis" del pasado, se le opone la diversidad de cuestiones y de problemas: hoy el filósofo es lógico o epistemólogo, filósofo de la las matemáticas o filósofo de la religión. Bréhier se pregunta: ¿Cómo podría el historiador alinear el vasto campo de doctrinas tan diferentes?
Del mismo modo que el pensamiento, la historia de la filosofía bascula entre una construcción analítica y una construcción sistemática (aunque de ahora en más sin tener en cuenta la totalidad de las producciones filosóficas).
Hoy, el abandono de una idea de "progreso fatal", forma parte del pensamiento filosófico acerca de la historia de la filosofía, en cuanto "la idea de una marcha incesante y continua es de hecho contraria a la realidad histórica" (Bréhier, 1928: 32). Tampoco la búsqueda de la "unidad" concierne al trabajo del historiador de la filosofía: "La verdad es que la curva de la vida intelectual, si puede hablarse así, es extremadamente complicada, y que sólo los estudios de detalles pueden dar cuenta de sus rodeos" (ibídem, p. 32)
Lo que se muestra, en esto que podríamos llamar la "historia crítica" de la filosofía, es que podemos identificar no uno, sino varios esquemas posibles de desarrollo. El pensamiento filosófico se mueve, se vuelve sugestivo, se transforma en un método de vida espiritual, en una dirección mental (Sócrates y Platón) o en una doctrina decisiva que tiene una respuesta lista para todas las preguntas (la escolástica).

"Hay momentos en que el pensamiento intelectual, como si estuviera fatigado, renuncia a afirmar su propio valor y cede a las doctrinas que pretenden alcanzar la realidad por intuición, sentimiento o revelación; por ejemplo cuando el intelectualismo del siglo XVIII, con su confianza en la razón, es seguido bien de cerca por la orgía romántica..." (Bréhier, 1928: 32).

Como pensamientos vivientes, las doctrinas filosóficas no son "cosas", sino "temas de meditación", problemas para la reflexión que se proponen y que dejan abierto el "camino del pensar". Las filosofías de los filósofos son "enjeux", desafíos para seguir pensando.

"La historia de la filosofía nos enseña que el pensamiento filosófico no es una de esas realidades estables que, una vez encontradas, subsisten como una invención técnica; este pensamiento es continuamente vuelto a poner en cuestión, está continuamente en peligro de perderse en fórmulas que, fijándolo, lo traicionan; la vida espiritual no está más que en el trabajo y no en la posesión de una pretendida verdad adquirida" (Bréhier, 1928: 36).

Estos son algunos de los matices con que se presenta ante nosotros, hoy, el concepto de historia de la filosofía.

 Marzo de 2015

Bibliografía:
- Duque, Félix (1989) : Los destinos de la tradición. Filosofía de la historia de la filosofía. Barcelona, Anthropos.
- Bréhier, Emile (1928): Histoire de la philosophie. Paris, Alcan.
- Hegel, G.W.F. (1995) Lecciones sobre la historia de la filosofía. México, Fondo de Cultura Económica.