3 feb. 2018

Mi lectura de la Crítica de la Razón Pura

por Liliana Ponce

Hoy inauguramos una sección dedicada a la lectura de la Crítica de la Razón Pura de Kant, obra publicada en dos ediciones diferentes en 1781 y 1787. Han pasado 230 años de la publicación de su segunda edición y más de 30 años de mi enseñanza de la teoría del conocimiento. 
En 1987, a los 27 años, gané mi primer concurso como Profesora Adjunta de la cátedra de Gnoseología de la Escuela de Filosofía de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario y allí empecé a desentramar el tejido de la teoría del conocimiento. 
A los 19 años, cuando cursaba Historia de la Filosofía moderna, conocí la CRP y me impactó. Y a partir de allí la he leído y he releído en el contexto de su surgimiento (esto es, en relación con las obras de la época de Kant y los autores anteriores) y en el contexto de sus proyecciones e interpretaciones (desde Husserl y Heidegger hasta Foucault y Deleuze, por mencionar aquellos que más me sorprendieron con sus lecturas y me permitieron construir mi propia interpretación). Hay muchas y muchos que enseñan y leen la CRP. No soy la única y quizás la menos exhaustiva. Mi lectura de la Crítica se ha nutrido de la irreverencia de los franceses y de la erudición de los alemanes. También he leído interpretaciones analíticas de la obra. 
En lo que sigue, les presento una de las lecturas posibles, esto es, mi lectura. La lectura de Liliana Ponce, actual Profesora de Teoría del conocimiento del Profesorado en Filosofía del Instituto de Educación Superior Nro. 1 "Dra. Alicia Moreau de Justo" de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. 

3. La Introducción a la CRP. La estructura proposicional de la ciencia y las formas del juicio. 
4. La Introducción a la CRP. El papel de la sensibilidad y el entendimiento en la constitución de la experiencia científica
5. La teoría elemental trascendental. La especificidad de la Estética trascendental y de la Lógica trascendental como disciplinas. 
6. La Estética Trascendental. Observaciones acerca de la construcción del objeto de conocimiento. 
7. La Analítica trascendental. La operación de síntesis en el proceso de conocimiento
8. La Analítica trascendental. La naturaleza del "yo trascendental" y la afirmación de la subjetividad moderna. 
9. La Analítica trascendental. De los múltiples sentidos de la palabra "fenómeno". 
10. La Analítica trascendental. La cuestión de la verdad en la CRP. 
11. La Dialéctica trascendental. De los conceptos y de las Ideas. Entendimiento y Razón. 
12. La Dialéctica trascendental. De la crítica de las Ideas trascendentales. 
13. La Dialéctica trascendental. Del Alma, del Mundo y de Dios. 
14. La Metodología trascendental. 


Los dos Prefacios. El problema de la cientificidad de la metafísica: dogmáticos y escépticos.


¿Cuál es el “problema general de la razón pura” a los ojos de Kant?

El “problema general” de la razón pura es el de la posibilidad de la metafísica como ciencia. Cuando Kant habla de “la metafísica”, este término evoca el conjunto de la gran tradición occidental de la philosophia prima, desde Platón y Aristóteles hasta Leibniz. Sin embargo, la “figura histórica” bajo la cual se aparece la metafísica en la obra de Kant, está mediada por la lectura, la terminología y las fórmulas predilectas de los autores que le precedieron: Christian Wolff, Alexander Baumgarten (1714-1762), Martin Knutzen (1713-1751), entre otros. Veamos entonces cómo caracteriza Kant a la metafísica de su época.

Hubo un tiempo en que la metafísica recibía el nombre de reina de todas las ciencias y, si se toma el deseo por la realidad, bien merecía este honroso título, dada la importancia prioritaria de su objeto. La moda actual, por el contrario, consiste en manifestar ante ella todo su desprecio. La matrona, rechazada y abandonada, se lamenta como Hécuba: modo maxima rerum, tot generis natisque potens —nunc trahor exul, inops —(Kant, CRP: Prólogo a la 1era. edición, AIX).

El campo de batalla está atravesado por las luchas entre “dogmáticos” y “escépticos” que discuten y disputan acerca de las posibilidades de la razón humana a resolver esas cuestiones (diese Fragen) que la razón humana (die menschliche Vernunft) se plantea por su propia naturaleza y que, sin embargo, la exceden.

El camino que recorre la razón humana para incurrir en contradicciones y oscuridades, es el siguiente: La razón comienza con el uso de principios que están justificados por el curso de la experiencia. A partir de esos principios, se eleva a cuestiones cada vez más remotas que le exige su propia naturaleza. Se ve entonces obligada a recurrir a principios que sobrepasan todo uso empírico y que parecen libres de sospecha. Se generan errores cuya procedencia no puede ser detectada porque los principios utilizados no admiten contrastación empírica. Es así como llega a entablarse una disputa que puede ser entendida como un “llamamiento a la razón” (eine Aufforderung an die Vernunft) para que emprenda la más fatigosa de todas las tareas: conocerse a sí misma y, además, para que instituya un “tribunal” que sea capaz de garantizar sus “pretensiones legítimas” y de terminar con sus “arrogancias infundadas”. Ese tribunal, para Kant, no es otro que la Crítica de la Razón Pura.

No entiendo por tal crítica la de libros y sistemas, sino la de la facultad de la razón en general, en relación con los conocimientos a los que puede aspirar prescindiendo de toda experiencia. Se trata, pues, de decidir la posibilidad o imposibilidad de una metafísica en general y de señalar tanto las fuentes como la extensión y límites de la misma, todo ello a partir de principios (Kant, CRP: Prólogo a la 1era. edición, AXIII).

Para Kant, la tarea que una crítica de la razón pura consiste en tratar de responder a la pregunta: ¿Qué y cuánto pueden conocer el Entendimiento y la Razón, libres de toda experiencia? (was und wie viel kann Verstand und Vernunft, frei von aller Erfahrung, erkennen?) Con esto, pretende deslindar el territorio de la metafísica de la tarea crítica, que consiste en “examinar a fondo la facultad que llamamos entendimiento” y “determinar las reglas y los límites de su uso”. De lo que se trata es de establecer la “validez objetiva” de los conceptos a priori del Entendimiento para “limpiar el suelo” y allanar el camino hacia la Metafísica como disciplina científica.

En el Prólogo a la 2da. Edición de la CRP Kant avanza sobre los problemas de cientificidad de la Metafísica. Allí, Kant señala que se conoce por sus resultados si un conjunto de conocimientos ha alcanzado “el seguro camino de una ciencia” (der sicher Gang einer Wissenschaft). Y considera un “mérito de la razón” identificar este camino, aún a costa de abandonar algunos conocimientos que eran tomados como tales sin reflexionar antes sobre ello.

Kant pasa a enumerar las disciplinas que han encontrado el seguro camino de la ciencia: la Lógica, la Matemática y la Física, en diferentes momentos de la “historia de la razón humana” han logrado constituirse en ciencias. Podría decirse que la Lógica ha tomado ese camino desde Aristóteles y que parece estar “concluida y acabada” (geschlossene und vollendet).  Por su parte, la Matemática ha tomado este camino desde los primeros tiempos, con Tales de Mileto, pero fundamentalmente cuando advirtió que las propiedades de las figuras no se derivaban simplemente de ellas o de su concepto, sino que debían ser extraídas a priori por medio de la exposición y la construcción de los conceptos.

Finalmente, la ciencia natural (Física) hace “un siglo y medio” que encontró el camino de la ciencia y lo hizo cuando sus investigadores comprendieron que la razón debe anticipar los principios (leyes) que ordenan los fenómenos de la naturaleza y no esperar a ser instruidos por ella. Pues las observaciones fortuitas y realizadas sin previo plan no conducen a ninguna “ley necesaria”, que es lo que busca la razón. La razón aborda a la naturaleza con sus propios principios (y/o conceptos a priori) y con el experimento para poner a prueba estos principios (y/o conceptos). La razón debe actuar frente a la naturaleza como un juez que obliga a los testigos a responder las preguntas que ha formulado. Esta ha sido la gran “revolución” que llevó a la Física a transitar por el “seguro camino” de la ciencia.

Ahora bien, ¿cuál es la situación de la Metafísica en este contexto epistémico? Contrariamente a lo que Kant había señalado como “indicios” de cientificidad, en el terreno de la Metafísica la razón se atrasa continuamente, tiene que retroceder y volver a empezar y no hay unanimidad entre sus seguidores respecto a las afirmaciones que se sustentan:

[Es]…más bien es un campo de batalla realmente destinado, al parecer, a ejercitar las fuerzas propias en un combate donde ninguno de los contendientes ha logrado jamás conquistar el más pequeño terreno ni fundar sobre su victoria una posesión duradera. No hay, pues, duda de que su modo de proceder ha consistido, hasta la fecha, en un mero andar a tientas y, lo que es peor, a base de simples conceptos (Kant, CRP: Prólogo a la 2da. edición, BXVI).

Según Kant, en el terreno de la Metafísica es necesario llevar adelante una “revolución en el modo de pensar” similar a la que llevaron a las demás disciplinas al “camino seguro” de la ciencia. Muchos comentadores han identificado esa “revolución” de la que habla Kant con “la revolución copernicana”. Sin embargo, Kant, en ningún momento se refiere explícitamente a la “revolución copernicana” ni relaciona con ella su cambio de orientación filosófica, pero que sí habla del cambio que en metafísica debe ser como el de Copérnico en astronomía.

Para Kant, la “revolución” en el “modo de pensar” consistiría en “invertir” la relación entre los objetos y sus conceptos. Hasta ahora, nuestras “representaciones” (intuiciones y/o conceptos y juicios) debían regirse por los objetos. De ahora en adelante, los “objetos” deberán regirse por nuestras “representaciones”.  Kant dice:

Se ha supuesto hasta ahora que todo nuestro conocer debe regirse por los objetos. Sin embargo, todos los intentos realizados bajo tal supuesto con vistas a establecer a priori, mediante conceptos, algo sobre dichos objetos —algo que ampliara nuestro conocimiento— desembocaban en el fracaso. Intentemos, pues, por una vez, si no adelantaremos más en las tareas de la metafísica suponiendo que los objetos deben conformarse a nuestro conocimiento, cosa que concuerda ya mejor con la deseada posibilidad de un conocimiento a priori de dichos objetos, un conocimiento que pretende establecer algo sobre éstos antes de que nos sean dados. Ocurre aquí como con los primeros pensamientos de Copérnico (Kant, CRP: Prólogo a la 2da. edición, BXVII).

La expresión «revolución copernicana» de Kant, que intenta dar cuenta de este “giro” realizado por Kant en el terreno del conocimiento no es muy afortunada. Sin embargo, ha sido y es un tópico en la literatura filosófica referirse a la filosofía trascendental kantiana como una “verdadera revolución copernicana” del pensamiento llevada a cabo por Kant, incluso se afirma que él mismo ha usado esta expresión (Cortés Morató y Martínez Riu, 1991).

El nuevo “método del modo de pensar” que propone Kant consiste en suponer que “los conceptos” no se determinan por “los objetos”, sino que la experiencia se rige por conceptos a priori. La experiencia es entonces un tipo de conocimiento que requiere entendimiento, cuyas reglas están “en mí” antes de que los objetos me sean dados. Esto significa que las reglas, que se expresan mediante conceptos, deben suponerse a priori y que todos los objetos de la experiencia deben ser “juzgados necesariamente” y deben conformarse con esos conceptos.

Por lo que se refiere a los objetos que son meramente pensados por la razón —y, además, como necesarios—, pero que no pueden ser dados (al menos tal como la razón los piensa) en la experiencia, digamos que las tentativas para pensarlos (pues, desde luego, tiene que Sjer posible pensarlos) proporcionarán una magnífica piedra de toque de lo que consideramos el nuevo método del pensamiento, a saber, que sólo conocemos a priori de las cosas lo que nosotros mismos ponemos en ellas (Kant, CRP: Prólogo a la 2da. edición, BXIX).

En una nota a pie de página, Kant agrega que este método ha sido tomado del investigador de la ciencia de la naturaleza y que consiste en buscar los elementos de la razón pura que se pueden confirmar o refutar mediante experimentos. Estos conceptos a priori deben ser puestos a prueba mediante objetos. Y los objetos deben ser tomados desde un doble punto de vista: como objetos de los sentidos y del Entendimiento para una experiencia o como objetos meramente pensados, que se encuentran por encima de toda experiencia.  Esta distinción es necesaria para que la razón no incurra en contradicciones y conflictos consigo misma.  

Frente al “andar a ciegas” del dogmatismo, la crítica de la razón pura promete a la Metafísica mostrar la vía hacia el “seguro camino de la ciencia” (der sichere Gang einer Wissenschaft). Por lo cual no se opone al procedimiento dogmático de la razón y su afán de demostración rigurosa a partir de principios a priori, sino al dogmatismo, esto es, a la pretensión de avanzar con “conocimientos puros” sin haber examinado los límites mismos de la razón:

El dogmatismo es, pues, el procedimiento dogmático de la razón pura sin previa crítica de su propia capacidad. Esta contraposición no quiere, pues, hablar en favor de la frivolidad charlatana bajo el nombre pretencioso de popularidad o incluso en favor del escepticismo, que despacha la metafísica en cuatro palabras. Al contrario, la crítica es la necesaria preparación previa para promover una metafísica rigurosa que, como ciencia, tiene que desarrollarse necesariamente de forma dogmática y, de acuerdo con el más estricto requisito, sistemática, es decir, conforme a la escuela (no popular). Dado que la metafísica se compromete a realizar su tarea enteramente a priori y, consiguientemente, a entera satisfacción de la razón especulativa, es imprescindible la exigencia mencionada en último lugar. Así, pues, para llevar a cabo el plan que la crítica impone, es decir, para el futuro sistema de metafísica, tenemos que seguir el que fue riguroso método del célebre Wolff, el más grande de los filósofos dogmáticos y el primero que dio un ejemplo (gracias al cual fue el promotor en Alemania del todavía no extinguido espíritu de rigor) de cómo el camino seguro de la ciencia ha de emprenderse mediante el ordenado establecimiento de principios, la clara determinación de los conceptos, la búsqueda del rigor en las demostraciones y la evitación de saltos atrevidos en las deducciones. Wolff estaba, por ello mismo, especialmente capacitado para situar la metafísica en ese estado de ciencia. Sólo le faltó la idea de preparar previamente el terreno mediante una crítica del órgano, es decir, de la razón pura. Este defecto hay que atribuirlo al modo de pensar dogmático de su tiempo, más que a él mismo. Pero sobre tal modo de pensar, ni los filósofos de su época ni los de todas las anteriores tienen derecho a hacerse reproches mutuos. Quienes rechazan el método de Wolf y el proceder de la crítica de la razón pura a un tiempo no pueden intentar otra cosa que desentenderse de los grillos de la ciencia, convertir el trabajo en juego, la certeza en opinión y la filosofía en filodoxia (Kant, CRP: BXXXVI-BXXXVIII).

Y aunque la metafísica nunca llegue a ser un “saber popular” Kant considera que la crítica es necesaria por los “efectos” que puedan llegar al pueblo a través de las disputas en que se enredan los metafísicos (y entre ellos, más precisamente, los clérigos). A través de la crítica, cuyo método es el “método escéptico” será posible cortar las raíces mismas del materialismo, del fatalismo, del ateísmo, de la incredulidad librepensadora, del fanatismo y la superstición, todos los cuales pueden ser nocivos para el pueblo en general. Pero también servirán para enfrentar a las corrientes más peligrosas para las escuelas como el idealismo y el escepticismo, aunque estas disputas lleguen difícilmente al público.

Para Kant, el uso del método escéptico es propio de la filosofía trascendental, ya que no puede ser usado en el campo de las ciencias rigurosas. Tiene como fin descubrir las fuentes de conflicto en los que incurre la razón especulativa cuando la razón se arroga conocimientos que desbordan el campo de toda experiencia posible. A diferencia del escepticismo, que socava las bases de todo conocimiento, el método escéptico apunta a la búsqueda de certezas.

Dejaríamos gustosamente de exigir que nuestras cuestiones fuesen contestadas dogmáticamente si comprendiéramos de antemano que, sea cual sea la respuesta, no hará más que aumentar nuestra ignorancia, llevándonos de un inconcebible a otro, de una oscuridad a otra mayor, y quizá incluso a contradicciones… Esta es la gran ventaja que el método escéptico posee en el tratamiento de las cuestiones que la razón pura plantea a la razón pura. Mediante este método podemos deshacernos, con unos costos muy reducidos, de una infinidad de elementos dogmáticos, poniendo en su lugar una crítica sobria, una crítica que, como verdadero catártico, eliminará, afortunadamente, las ilusiones vanas y su consecuencia, la presunción de saberlo todo (Kant, CRP: A486-B514).


Puesto que los ataques del escepticismo son peligrosos y nocivos para el dogmatismo acrítico, que no ha determinado los límites del conocimiento posible y no sabe hasta dónde llegan las posibilidades de conocer del Entendimiento y de la Razón, el método escéptico utilizado en la 2da. Parte de la Lógica trascendental garantiza qué es lo que queda dentro y qué es lo que queda fuera de sus “posesiones legítimas”. Por lo tanto, si bien puede no resultar satisfactorio frente a las cuestiones planteadas por la razón, al menos resulta instructivo en vistas a indicarle cuáles son los medios adecuados para no equivocarse (Kant, CRP, Disciplina de la razón pura).  


22 ene. 2018

Los dos Prefacios. El sentido de una crítica de la razón pura.

¿Por qué es necesario llevar adelante una “crítica” de la razón?

La obra capital de Kant fue escrita a fines del siglo XVIII. En esa época, la preocupación por encontrar el “camino” que nos conduzca hacia la verdadera ciencia había suscitado una serie de discusiones interminables de modo que, la “metafísica” se había convertido, al decir de Kant, en un campo de batalla (Kampfplatz).

La Crítica de la Razón pura (CRP), publicada en 1781 y modificada considerablemente en la 2da. Edición de 1787, fue interpretada en primer lugar como una variante del escepticismo de Hume pero poco a poco fue encontrando su lugar y el eco que su autor esperaba, convirtiendo a Kant (1724-1804) en el filósofo más importante de su época,  reconocido por Fichte, Schelling, Hegel, Goethe, Hölderling (Leyva, 2010). Desde entonces, esta obra en particular y la obra de Kant en general, ha sido leída, interpretada, desarrollada y discutida en forma incesante en los últimos dos siglos en el marco de diversas tradiciones, vertientes y disciplinas. A nosotros, nos interesa analizar de qué modo se inscribe la CRP en la constitución de la teoría de conocimiento. Constitución y, al mismo tiempo, cumplimiento (Erfüllung, realización), culminación de la “teoría clásica del conocimiento”.

Entendemos por “teoría clásica del conocimiento” o “tradición gnoseológica”, los intentos de fundamentación de la ciencia que, de Descartes a Hume, fueron llevados a cabo durante los siglos XVII y XVIII a partir del análisis de las representaciones cognoscitivas.

En la Alemania de fines del siglo XVIII, la concepción dominante de la metafísica está atravesada por la obra de Christian Wolff (1679-1754). Wolff fue el hombre que logró imponer en las universidades alemanas, a comienzos del siglo XVIII, el modo de filosofar que Descartes (1596-1650) había inaugurado en el Occidente europeo durante el siglo anterior[1]. Además, Wolff favorece una enseñanza de la filosofía de corte netamente “escolar” que combina el “moderno” (y cartesiano) afán de claridad y rigor demostrativo con la preocupación didáctica y enciclopédica propia de la tradición de las universidades alemanas. En su metafísica, el “método” y las nociones fundamentales son cartesianas, pero la minuciosidad de los conceptos continúa los hábitos de la escolástica alemana (Torretti, 1967).

Para Wolff, el conocimiento filosófico debe estar “organizado”, conforme a las exigencias del “método geométrico”, en un “sistema de ciencias” que constituirán lo que se denominará “Metafísica”. Esta philosophia prima es una ciencia demostrativa de la cual las demás tomarán sus principios. Wolff reconoce a la Ontología o “ciencia del ente en cuanto ente”, que trata del ente en general y de las afecciones generales del ente, cuya definición coincide con la aristotélica “πρώτε φιλοσοφία” descripta en el Libro VI de la Metafísica. Sin embargo, la doble tradición que profesa lo lleva a concebir a la metafísica de una manera más amplia: denomina “metafísica” a un conjunto de disciplinas que incluye a la Psicología (racional) como “estudio del alma” y a la Teología (natural) como “estudio de Dios”. Además, las exigencias de orden demostrativo lo obligan a incorporar una cuarta disciplina como parte de la Metafísica: la Cosmología racional o ciencia del mundo. El conjunto de estas cuatro disciplinas, a su vez, suministran los principios (die Prinzipien) para todas las demás ramas del saber: en la metafísica se fundan la Lógica, la Física y la Filosofía práctica.

En los compendios alemanes del siglo XVIII, la Metafísica aparece entonces dividida en dos grandes ramas: la Metafísica general (u Ontología) que trata del “ente en general” y la Metafísica especial, que trata de diversos tipos especiales de ente: el alma, el mundo y Dios. Esta división de la Metafísica en una rama general y otra especial también está presente y determina el esquema de organización interna de la Crítica de la Razón Pura en lo que concierne a la 2da. Parte de la Lógica trascendental (la Dialéctica trascendental). Luego volveremos sobre la estructura de la obra capital de Kant.

La exigencia de “rigurosidad metódica” propia del pensamiento moderno llevó a Wolff a organizar los contenidos de la metafísica. Y no sólo eso, sino también la exigencia de certeza y rigurosidad le dio una “figura histórica” a la metafísica con la que se encontró Kant: Wolff se dispuso a cumplir su propósito de presentar todas las verdades en su conexión mutua partiendo de “principios” pero David Hume (1711-1776) dirigió a la metafísica uno de los más decisivos ataques que esa “atrevida” ciencia pudiera sufrir.

En los Prolegómenos de 1783[2], Kant considera que el problema que le preocupaba a Hume no había sido comprendido por sus adversarios. Según Kant, Hume había partido de un concepto muy importante de la metafísica: el concepto de vínculo o conexión necesaria entre “causa” y “efecto” y se había preguntado acerca de las condiciones de su uso y de las esferas en las cuales este uso puede ser válido. Hume se había preguntado en qué fundaba su “validez objetiva” la noción de “conexión necesaria”, ya que no podía tomar prestada dicha validez de la metafísica, porque de esa validez dependía la validez de la metafísica.

Kant considera que Hume había demostrado que la idea de “causalidad”, lejos de ser un producto de la razón humana, no era más que un “bastardo de la imaginación” (ein Bastard der Einbildungskraft). La razón se engaña completamente con ese concepto, que proviene de la sustitución de una necesidad subjetiva, surgida simplemente del hábito cotidiano de asociar dos fenómenos entre sí, por una “necesidad objetiva”. La razón humana no tiene la capacidad de construir a posteriori una idea como la de “conexión necesaria” según los principios del empirismo establecidos por Hume.

Sin embargo, por “precipitadas e injustas” que fueran las conclusiones extraídas por Hume, esa investigación era digna de ser continuada si Hume hubiera sido comprendido. Ya que la cuestión no era establecer si la noción de “conexión necesaria” es justa, útil e indispensable en relación a todo el conocimiento natural, ya que Hume no dudaría de ello, sino establecer cuál era su origen, esto es, si la idea de “conexión necesaria” podría ser concebida como una noción a priori, esto es, independiente de la experiencia. Y, en ese caso, establecer hasta qué punto es posible aplicarla a los objetos de la experiencia.

Según Kant, los adversarios de Hume apelaron al “sentido común humano”, recurrieron al “juicio de la multitud” para criticarlo, cuando lo que se necesitaba era una razón crítica (eine kritische Vernunft) que pudiera interrogarse acerca de sus propios límites. De lo que se trataba era de penetrar en “la naturaleza de la razón” (die Natur der Vernunft), para evitar que la razón como facultad de conocimiento se extravíe en especulaciones demasiado elevadas y que se incline a decidir acerca de la verdad de ciertas proposiciones antes de encontrar justificaciones a sus principios.

Confieso con franqueza que la indicación de David Hume fue sencillamente la que, muchos años antes, interrumpió mi adormecimiento dogmático y dio a mis investigaciones en el campo de la filosofía especulativa una dirección completamente distinta (Kant, 1783, Prefacio).

Para Kant, es necesario agradecerle a Hume el haber encendido la primera “chispa” a sus investigaciones en el terreno de la metafísica. Investigaciones que siguieron este camino. En primer lugar, Kant se preguntó si la objeción de Hume podía ser presentada “en general” o sólo se aplicaba a la noción de “conexión necesaria”. En segundo lugar, Kant llegó a la conclusión de que esta y otras nociones no se derivan de la experiencia, sino que brotan del entendimiento puro (aus dem reinen Verstande entsprungen seien). De allí que Kant considera que pudo progresar más seguro en el terreno de la filosofía especulativa, porque extendió el “problema de Hume” a toda la capacidad de la razón pura, y pudo establecer sus límites y el alcance de sus contenidos, justamente lo que necesitaba la Metafísica de la época para poder desarrollar un sistema según un plan seguro (nach einem sicheren Plan).

En el Prólogo a la 2da. Edición de la CRP, Kant retomará esta idea del “camino seguro” de la ciencia y se volverá a preguntar por qué la Metafísica no se ha conducido hasta entonces con un “método” apropiado para lograr su cuestionada cientificidad. Justamente la intención de esta “crítica de la razón” es establecer el punto de partida sólido para una “metafísica del porvenir” que evite tanto los extravíos de la “razón dogmática” como el desembarco en las costas de la “razón escéptica”.

La idea de Kant es dar un paso más que Hume: establecer los principios para la constitución de una “nueva ciencia”, una “metafísica futura” (eine künftige Metaphysik), para lo cual es necesario “poner en duda” los conocimientos adquiridos y analizar la naturaleza misma de la razón antes de emprender el camino hacia el conocimiento.

¿Por qué es entonces necesario llevar adelante una “crítica de la razón pura”? ¿Qué significa para Kant hacer una “crítica” de la “razón pura”? Heidegger (1975) indica que la palabra “crítica” durante la segunda mitad del siglo XVIII en Alemania tiene un sentido siempre positivo y está completamente alejada del sentido negativo que nosotros le damos a la palabra –entendida como “reprobación”, “enumeración de errores”, “exposición de lo insuficiente” y su correspondiente “rechazo”.  “Crítica” significa, en primer lugar, fijación de lo normativo, de las reglas, legislación, afirmación de lo universal frente a lo particular (Heidegger, 1975: 96).

Si la crítica tiene el sentido positivo caracterizado, la Crítica de la razón pura no rechazará y reprobará simplemente a la razón pura, no la “criticará”, sino que, más bien, tendrá como tarea delimitar su esencia decisiva y particular, es decir, su esencia propia. Esta fijación de límites no es primer término limitación frente a… sino limitación dentro de…, en el sentido de la indicación de la estructuración interna de la razón pura. Poner de relieve los elementos estructurales y la estructura de los elementos de la razón pura es hacer resaltar las distintas posibilidades del uso de la razón y de las reglas correspondientes… (Idem: 97).

Para Kant, la “crítica” se ha convertido en una herramienta necesaria para establecer los “límites” de la razón pura, sus alcances como facultad de conocimiento. Esta fijación de los límites es establecida conforme a “principios”, conforme a “reglas”. La labor de la crítica de la razón pura es propedéutica y necesaria para la constitución de la Metafísica como ciencia.




[1] Recordemos que las principales obras de Descartes aparecen a partir de la tercera década del siglo XVII, siendo el Discours de la méthode, editado en Leyden por Jean Maire, una obra “revolucionaria” puesto que estaba escrita en francés.
[2] Prolegomena zu einer jeden künftigen Metaphysik die als Wissenschaft wird auftreten könnenRiga, por Johann Friedrich Hartknoch, 1783