23 ago. 2010

Reflexiones en torno a la teoría del conocimiento en Kant

Conocer, pensar e imaginar en la teoría kantiana del conocimiento.*
Lic. Liliana B. Ponce

Aunque la cuestión de “lo imaginario” parece no encuadrar dentro de las categorías de la modernidad, me interesa señalar el papel que cumple la imaginación en el proceso de conocimiento en la gnoseología kantiana. Partiendo de la distinción trascendental entre Sensibilidad (Sinnlichkeit) y Entendimiento(Verstand) (1) considero que la noción de “fenómeno” –opuesta a “ilusión”- puede servirnos de hilo conductor para dar cuenta del modo kantiano de resolver el problema del conocimiento.
Se puede decir que mientras de Platón a Descartes la discusión se desarrolla en el marco de la disyunción entre “apariencia” y “verdad”, la tematización kantiana acerca del objeto del conocimiento, inscripta en el dominio de “lo trascendental” (2) hace posible el reemplazo de la dualidad sensible/inteligible por una nueva pareja conjuntiva “aparición”/ “condiciones de aparición” a partir de la cual el fenómeno es “lo que se hace presente” y no reenvía ya a una “verdadera realidad” sino a sus “condiciones de aparición”.
Para Kant, todas nuestros conocimientos no son más que la representación de un fenómeno, en el sentido de que “las cosas” que conocemos no son “en sí mismas” tal como nosotros nos las representamos. Por un lado, porque al representarnos “las cosas” en un “espacio” y en un “tiempo”, aquellas se inscriben de entrada en el orden de la representación de un sujeto. Lo que los objetos son “en sí mismos”, nosotros no lo sabemos, porque las “cosas en sí” siempre están re-presentadas bajo las “condiciones de aparición” de la Sensibilidad, es decir, en el espacio y en el tiempo (Kant, KrV, A 49). Y aunque pudiéramos llevar nuestra intuición de los objetos al punto culminante de su claridad, nunca estaríamos más cerca de la naturaleza de las “cosas en sí” (KrV, A 43). Por otro lado, porque los “fenómenos” son las imágenes sensibles pensadas en términos de “objetos” conforme a las categorías y los principios del Entendimiento puro. El fenómeno resulta ser entonces “la cosa” tal como aparece bajo las condiciones de la Sensibilidad y del Entendimiento en cuanto “facultades de conocimiento”.
Mientras la Estética trascendental muestra las condiciones de aparición de los objetos en la intuición, la Analítica trascendental muestra las condiciones a priori para pensar un objeto en general. La KrV, intentando desmontar los mecanismos mediante los cuales la Razón puede inducirnos a error, no hace sino mostrar las reglas según las cuales es posible distinguir entre el conocimiento “legítimo” al cual puede acceder el Entendimiento y el conocimiento “ilusorio” al cual puede conducirnos el uso abusivo de nuestra facultad de pensar (3).
Kant no deja de insistir en que el Entendimiento no puede hacer un uso de las categorías y de los principios puros fuera de los límites de una experiencia posible (KrV, B 298). Desde el punto de vista del conocimiento, pensar “significativamente” es el acto que consiste en relacionar un concepto con una intuición “dada”. Nuestra naturaleza, dice Kant, está hecha de tal manera que la intuición no puede ser más que “sensible” y no contiene más que el modo en que los objetos nos afectan y que el Entendimiento es la facultad que nos permite pensar los objetos de una intuición sensible, puesto que “posible” es todo “aquello que se ajusta a las condiciones formales de la experiencia” (KrV, A 218)
De este modo, ya no es posible pensar la verdad de nuestras representaciones como mera “adecuación” del Entendimiento con su objeto, sino mediante una elucidación de las condiciones materiales del uso legítimo de la facultad de pensar. El trayecto que nos muestra la KrV es justamente el análisis de nuestras representaciones, la descomposición de los elementos que configuran el objeto de conocimiento auténtico. Quebrar los cánones establecidos por la Analítica trascendental significaría la pérdida de la certeza de la verdad de nuestras representaciones. Transgrediendo los límites establecidos a la razón teórica una vez que se han descifrado sus inclinaciones, haría que nos perdiéramos en el amplio territorio de sus “vacías sutilezas” (KrV, A 62, B88), errores e “ilusiones”.
Este es el punto en que me interesaría centrar mi exposición: en cómo se produce el desplazamiento desde la disyunción verdad/apariencia hacia la dualidad fenómeno/ilusión en la KrV. Como sabemos, la división platónica entre “lo que aparece” y “lo que es”, implica una triple distinción: o bien algo pertenece a la esencia, o bien pertenece a la apariencia, o bien no es nada. De donde se sigue que todo lo que pertenece a cierta región del “ser” pertenece al reino de la apariencia o al reino de la esencia. Este “proyecto ontológico” acompaña a cierto “proyecto gnoseológico”: mientras la apariencia permanece en el reino de la ilusión y del error de los sentidos, la esencia pertenece al dominio universal de los conceptos inteligibles aprehendidos por la razón. La subordinación a las “apariencias” del mundo sensible hace caer en ilusiones sensibles, pero el filósofo –como “amante de la verdad”- está destinado a contemplar las irradiaciones del mundo inteligible.
En Descartes, si de lo que se trata es del “conocimiento verdadero”, es necesario establecer una distinción entre la “imagen” de una cosa y su “concepto”. La imaginación es la facultad que hace posible una “imagen” que hace presente los objetos que manifiesta. Sin embargo, el estar presente del objeto en la imagen es distinto del estar presente del objeto en el concepto. La imagen está, según Descartes, ligada al cuerpo, y por lo tanto, no suministra una representación “clara” y “distinta”. Cuando Descartes da el ejemplo de un quiliágono (esto es, un polígono de mil lados) considera que es posible “concebir claramente” que se trata de una figura compuesta de mil lados, pero no que no se puede sino más que “imaginar confusamente” una figura que resulta no ser un quiliágono, puesto que no difiere de ningún modo si nos representáramos un miriágono, o cualquier otra figura de muchos lados. La imaginación hace posible la presentación ante el espíritu de las características de un triángulo o de un pentágono, puesto que se puede fijar la atención en cada uno de sus lados, pero cuando se trata de la representación de un polígono de muchos lados, no es posible descubrir las propiedades que hacen a la diferencia entre un quiliágono y los demás polígonos (Descartes, 1980, VI Meditación, p. 271).
Para Descartes, “imaginar” no es otra cosa que contemplar la imagen de una cosa corporal (Descartes, II Meditación, p. 227). Pero las cosas que podemos imaginar pueden resultar “sueños” o “quimeras”, simples “ficciones” que no proporcionan ningún “conocimiento”. De donde se sigue que es necesario distinguir claramente entre la “imaginación” y la “pura intelección” o “concepción”. Mientras que la imaginación exige un “esfuerzo” del espíritu para poder representarse sensiblemente un objeto, cuando las comprendemos por medio del intelecto, la representación que obtenemos es más “clara” y más “distinta”. En consecuencia, para Descartes es más sencillo “concebir” que “imaginar”, puesto que la concepción está ligada al alma y la imaginación está ligada al cuerpo.
En Kant, la diferencia ya no está centrada en torno a la oposición pensar/imaginar, sino a una nueva dualidad: conocer/pensar. Para conocer, es necesario relacionar un “concepto” – como forma pura del pensar- con una intuición “dada”. “Que el entendimiento no pueda hacer de todos sus principios a priori y aún de todos sus conceptos más que un uso empírico y nunca un uso trascendental” (KrV, B 303) esta es la regla que orienta, según Kant, el “camino” hacia el “verdadero conocimiento”.
Todo conocimiento exige la forma “lógica” de un concepto –de otro modo no tendríamos más que una multiplicidad aún desorganizada de representaciones dadas en el espacio y en el tiempo, pero no aún genuinamente un “objeto”- pero también la “intuición” de un objeto que se relacione con él. “De lo contrario, los conceptos son vacíos, y aunque hallamos pensado por medio de ellos, nada hemos conocido a través de tal pensamiento: no hemos hecho, en realidad, más que jugar con representaciones. Darse un objeto no significa otra cosa (si queremos decir con ello la presentación inmediata de tal objeto en la intuición, y no un darse que sólo sea, a su vez, mediato) que referir su representación a la experiencia, sea real o posible” (KrV, B 195, A 156). Por lo tanto, es la posibilidad de la experiencia lo que da realidad objetiva a todos nuestros conocimientos a priori.
Esta es la condición trascendental conforme a la cual los conceptos y principios tienen “valor objetivo” y conducen hacia la verdadera ciencia. La categoría pura, lejos de suministrarnos un conocimiento “claro” y “distinto” no contiene más que la “función lógica” de reducir lo diverso “dado” a la intuición a un concepto determinado. Pero con la sola función, o sea, con la “forma” del concepto, nada podemos conocer ni nada permite distinguir cuál es el “objeto” al que se refiere, puesto que el concepto “puro” del entendimiento es el resultado de la abstracción de la condición sensible. Las categorías puras, sin las condiciones formales de la sensibilidad, sólo tienen un “sentido” trascendental. Pero, para conocer, es necesaria su determinación por medio de un esquema trascendental sin la cual ningún objeto podría ser conocido ni distinguido de los otros, puesto que cualquier multiplicidad desorganizada dada a la intuición podría ser pensada bajo cualquier “forma pura” (KrV, B 177, A 138).
Los autores no dejan de reconocer el lugar dado por Kant a la imaginación en la sección denominada “Esquematismo de los conceptos puros del entendimiento” (Krv, A 137, B 176). Con este análisis, Kant saca a la imaginación de la esfera de lo superfluo, para emplazarla en el núcleo de lo necesario. Mientras Descartes pensaba que la imaginación obstaculizaba el conocimiento, Kant nos dice que sin ella, este no sería posible. Puesto que la KrV es un intento de fundamentar el conocimiento verdadero, para lo cual es necesario enlazar sensibilidad y entendimiento, el lugar de la imaginación resulta imprescindible por su carácter “trascendental” (4).
En la Segunda Sección de la Doctrina trascendental del juicio, Kant aclara que el principio sintético por excelencia es “que todo objeto está sometido a las condiciones necesarias de la unidad sintética de lo diverso de una intuición en una experiencia posible” (KrV, B 197, A 158). Cuando Kant nos habla de una experiencia posible, no lo hace ya en los términos leibnicianos de una experiencia pensable, sino de una experiencia en la cual se han cumplido las condiciones establecidas por una lógica trascendental: esto es, la necesidad del “darse” el objeto en una intuición como condición primera para el uso legítimo de los conceptos puros.
La lógica general hace abstracción de todo contenido del conocimiento, y no considera más que la “forma lógica” de las relaciones entre conceptos. La lógica trascendental, al ocuparse del origen, extensión y valor objetivo de los conceptos, establece como “canon” del entendimiento y de la razón que sólo pueden aplicarse a objetos dados en la intuición. El uso material de los principios puros para juzgar objetos que no nos son dados y que no pueden sernos dados de ninguna manera, nos conduce a hacer un uso “dialéctico” y engañoso de la Razón. Fuera de los límites de la experiencia posible, dejamos el territorio firme de la lógica de la verdad, para pasar al incierto terreno de las aserciones ilusorias de la dialéctica (KrV, B 85, A 61).
La regla de uso legítimo del entendimiento dice entonces: “La experiencia, en cuanto síntesis empírica es, en su posibilidad, el único modo de conocimiento que suministra la realidad a toda otra síntesis, la que no tiene, a título de conocimiento a priori, verdad (acuerdo con su objeto) más que a condición de no contener nada más que lo que es necesario a la unidad sintética de la experiencia en general” (KrV, B 197, A 158).
La distinción fundamental, en el plano del conocimiento, resulta ser aquella que se establece entre “fenómeno” y “noúmeno”, entendiendo por “fenómeno” a “las imágenes sensibles, en cuanto se las piensa en términos de objetos conforme a la unidad de las categorías” (KrV, A 249) y “noúmeno” a “las cosas que [son] simplemente objetos del entendimiento y que sin embargo pueden ser dados a una intuición, sin que puedan serlo a una intuición sensible” (KrV, A 249).
¿Cómo es entonces posible establecer la relación entre un concepto y una intuición –sensible? Esto es, ¿cómo es posible aplicar la regla de uso legítimo del Entendimiento? Kant señala que es justamente la filosofía trascendental aquella que establece, además de la regla, el caso en que la regla debe ser aplicada (KrV, B 175). Es así que si la “regla” –el concepto- debe ser aplicada al “objeto” –aún indeterminado- de una intuición sensible, hace falta un elemento “mediador” entre la universalidad del concepto y la singularidad del caso. Este elemento “mediador” es justamente el esquema –trascendental- provisto por la imaginación. El esquema trascendental es ese “tercer término” que es “homogéneo” a la categoría y, al mismo tiempo, “homogéneo” a la multiplicidad indeterminada dada a la intuición sensible (KrV,A 137, B 176).
Esta “determinación” de “lo indeterminado”, esta imbricación entre sensibilidad y entendimiento, es posible precisamente a través de la imaginación –productiva. Ella traerá el “esquema” de un concepto como “regla” y hará posible la síntesis de un “objeto” aún indeterminado en cuanto “dado” a la intuición. Sin la facultad imaginante, sería imposible entonces la representación. Un esquema es una “regla” según la cual “la imaginación puede expresar en general una figura” sin estar restringida a lo particular que nos ofrece la experiencia –sensorial. La “imagen” es un producto del poder empírico de la imaginación reproductiva, y el “esquema” es un producto, y en cierto modo, un “monograma” de la imaginación pura a priori, un medio por el cual y mediante el cual las imágenes son posibles. Puesto que el “esquema” no puede ser reducido a una “imagen”, aquel “es un producto trascendental de la imaginación que concierne a la determinación del sentido interno en general según las condiciones de su forma (el tiempo) en relación a todas las representaciones, en tanto deben encadenarse a priori a un concepto, conforme a la unidad de la apercepción” (KrV, A 142).
Tenemos entonces que, sin la imaginación, que opera trascendentalmente, no es posible un conocimiento. Sin el “esquema” de un concepto -producido a priori por la imaginación, no sería posible determinar un “fenómeno”. Pero, al mismo tiempo, sin la indeterminación de la intuición, tampoco sería posible darle “forma” a un objeto de conocimiento. Además, del mismo modo que los esquemas de la sensibilidad realizan a las categorías, también las restringen, puesto que el uso de las mismas está limitado a las condiciones de la sensibilidad. Sólo mediante la conjunción concepto puro/ esquema trascendental / intuición sensible, obtenemos genuinamente el “concepto de un objeto”: “Si prescindo, pues, de los esquemas, las categorías se reducen a simples funciones intelectuales relativas a conceptos, pero no representan ningún objeto. Su significación proviene de la sensibilidad, la cual, al tiempo que restringe el entendimiento, lo realiza” (KrV, B 187).
De este modo, es posible distinguir la “imaginación” de la “ilusión”. La “ilusión”, lejos de tener por origen a la imaginación, encuentra su fuente en la estructura misma de la Razón. En la Dialéctica trascendental, Kant distingue a la “ilusión trascendental” de la ilusión empírica y de la ilusión sofística. La ilusión de un juicio de experiencia aparece cuando la Sensibilidad determina al Entendimiento a juzgar de un modo que no se corresponde con una “percepción real”. Esta ilusión “empírica” encontrará la “medida” de su desviación en la experiencia misma. La “ilusión” lógica consiste en la simple “imitación” de la “forma racional” y proviene del no prestar atención a la regla de la lógica formal adecuada para efectuar un razonamiento correcto. Ella desaparece con sólo aplicar las reglas de la lógica “general” (KrV, A 297). La ilusión “trascendental” sólo puede descubrirse conforme a los cánones establecidos en la “lógica trascendental”, y como tal, no puede “disiparse” en la medida en que constituye una “ilusión natural” e “inevitable” de la Razón humana (KrV, A 298).
Lo novedoso de la KrV resulta entonces encontrar la fuente de la ilusión en la Razón misma. La Razón es la facultad de inferir “principios de unificación” que se sitúan más allá de la experiencia “dada”. Ella muestra una tendencia a identificar las “reglas” y “máximas” que surgen de la necesidad –subjetiva- del Entendimiento de “subsumir” o “reducir” las “reglas” a “principios” (KrV, B 352) con los “principios objetivos” que posibilitan la determinación de las “cosas en sí”. Esta posibilidad de “inferir” lo incondicionado a partir de condicionado, hace de la Razón la “sede” de la ilusión trascendental. Por ello, es necesario “disciplinarla” (KrV, A 710, B 738), ponerle límites a su tendencia a suponer (pensar) ciertos “conceptos” y “principios” universales de los que es posible derivar la “totalidad” de los juicios de experiencia. Esto que parece “extraño”, que la Razón misma necesite de una “disciplina”, es para Kant necesario cuando se trata de abordar el “problema del conocimiento humano”. En la KrV, la facultad “legislativa” es entonces el Entendimiento, y no la Razón. Con esto, Kant sella la distinción entre “conocer” y “pensar”.
Así, mientras el Entendimiento cuenta con un conjunto de categorías y principios puros para poder “conocer” –ordenar las representaciones indeterminadas dadas a la intuición empírica-, la Razón produce una unidad a partir de la extensión del uso de las “reglas” del entendimiento más allá de “lo dado” en su inclinación a la búsqueda de la “unidad sistemática de todos los conocimientos” (KrV, A 645, B 673). Sin embargo, esta tendencia hacia la totalización, la búsqueda de una “unidad sintética” y a priori de “todos los conocimientos” mediante “principios”, no es más que una “inclinación”, una “disposición”, un “interés” propio de la Razón que, sometida al tribunal de la crítica, resulta ilusoria.
Por lo tanto, si bien en todo conocimiento es necesario reconocer la presencia del elemento “lógico” como “determinante”, la “pura lógica” no basta: las condiciones de posibilidad de la experiencia científica deben buscarse tanto en la Sensibilidad, como en el Entendimiento, e incluso en la imaginación, pero nunca en la “pura razón”.
Ella manifiesta un “impulso” que debe ser controlado, e incluso “censurado” mediante la crítica, a fin de evitar los “errores” e “ilusiones” en los que incurre la facultad de “pensar”. El objeto de la experiencia científica se sitúa así en el intersticio donde operan la intuición, el concepto y el esquema trascendental, más allá de la nuda concepción y de la experiencia muda. Con Kant, la distinción conocer/pensar/imaginar se inscribe en el terreno epistémico de lo trascendental como límite de la experiencia humana de conocer.

Septiembre de 2004

Notas:
(1) En la KrV esta diferencia no está planteada en términos de « claridad » y « distinción » como en Descartes. Para Kant, sostener que nuestra sensibilidad no nos da más que una representación confusa de las cosas que no llegamos a « distinguir » propiamente no es sino una « falsificación » (Verfälschung) de los conceptos de sensibilidad y de fenómeno. La diferencia entonces entre lo sensible y lo intelectual no es de ningún modo una diferencia puramente « lógica » -en el sentido de la lógica formal- sino « trascendental », pues no se refiere a la claridad u oscuridad de nuestras representaciones, sino a la fuente y el contenido de las representaciones.
(2) En Kant, « lo trascendental » nombra a aquello que pertenece a las condiciones a priori del conocimiento de los objetos en general, es decir, a las condiciones de posibilidad de la experiencia en general. Cuando Kant introduce la distinción entre la “simple apariencia” (Schein) y el “fenómeno” (Erscheinung), indica que si existe un contraste radical, este se encuentra en la oposición fenómeno (lo que aparece) y cosa en sí (el objeto tal como es en sí mismo), que designa la diferencia entre aquello que se puede “conocer” y aquello que no puede ser más que “pensado” y que permanece “desconocido”.
(3) Recordemos que, al analizar la KrV podemos reconocer las tres facultades que intervienen en el proceso de conocimiento: la Sensibilidad como capacidad receptiva, el Entendimiento como facultad espontánea y configuradora de objetos, la Razón como capacidad de inferir la unidad sintética de todos nuestros conocimientos.
(4) Recalcamos el sentido que Kant le da al término “trascendental” en cuanto modo de conocer a priori los objetos (KrV, A12).

Referencias bibliográficas:
Kant, Immanuel (2003), Crítica de la razón pura, Madrid, Alfaguara, 23a. Edición [1978]
Descartes, René (1980), Meditaciones metafísicas, en Obras escogidas, Buenos Aires, Charcas.


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* Ponencia Presentada en el Kant-Kolloquium, 1eras. Jornadas de Filosofía Alemana, FACULTAD DE HUMANIDADES Y CIENCIAS, UNIVERSIDAD NACIONAL DEL LITORAL.

Publicada en: López, Diana (compiladora), Experiencia y Límite. Kant Kolloquium (1804-2004), 1era. Edición, Santa Fe, Edición de la Universidad Nacional del Litoral, p.p. 67-74. ISBN: 978-987-657-106-7

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