26 nov. 2007

Los personajes conceptuales

En un texto de 1991, Gilles Deleuze señala que la pregunta: ¿Qué es la filosofía? es una pregunta que llega siempre tarde, “a medianoche, cuando ya no queda nada por preguntar”. Y, sin embargo, es una pregunta que el filósofo no ha dejado de responder a lo largo de toda su vida.

Ahora bien, una vez que ha llegado el momento, ahora "que ya no estamos absorbidos por ella", o "sobrevolándola", Deleuze introduce, para responderla, una afirmación que puede resultar (teniendo en cuenta la tradición) “irreverente”: “La filosofía es el arte de formar, de inventar, de fabricar conceptos” (Qu’est-ce que la philosophie?)

Los conceptos, inscriptos desde los comienzos de la filosofía en el registro de “lo universal”, dejan de ser la expresión/manifestación de una “esencia”, o el resultado de una generalización o abstracción (entendidas como operaciones que implican un “borramiento” de las diferencias individuales a partir de la búsqueda de “lo común”) para convertirse en una construcción o una producción que proviene de la actividad “poética” del artista (en este caso, el filósofo).

“Crear conceptos siempre nuevos, tal es el objeto de la filosofía”. En este sentido, el concepto remite al filósofo, que tiene la potestad de crearlo. Del mismo modo que las ciencias y las artes, las filosofías “crean” conceptos, y sólo le corresponde al filósofo “crear conceptos en sentido estricto”.

Crear conceptos es crear “personajes conceptuales” que nos permitan responder a las preguntas que nosotros mismos hemos planteado. “Los conceptos no nos están esperando hechos y acabados, como cuerpos celestes. No hay firmamento para los conceptos. Hay que inventarlos, fabricarlos o, más bien, crearlos, y nada sería sin la firma (el trazo) de quienes los crean” (Deleuze, op.cit).

Desde las Ideas platónicas hasta el Ser heideggeriano, podría decirse que la tarea de la historia de la filosofía, más que la historia del descubrimiento o del “despliegue” de la Verdad (con mayúsculas), puede pensarse como la historia de la reconstrucción de los conceptos.

Como señala Nietzsche en Más allá del bien y del mal (BM): “Que los diversos conceptos filosóficos no son algo arbitrario, algo que se desarrolla por sí mismo, sino que crecen en relación y parentesco mutuos, aunque en apariencia se presenten de manera súbita y caprichosa en la historia del pensar, forman parte, sin embargo, de un sistema... Los filósofos más diversos cumplen una y otra vez un cierto esquema básico de filosofías posibles. Sometidos a un hechizo invisible, vuelven a recorrer una vez más la misma órbita: por muy independientes que se sientan los unos de los otros con su voluntad “crítica” o “sistemática”, algo existente en ellos los guía, algo los empuja a sucederse en determinado orden, precisamente aquel sistematismo y parentesco de los conceptos. El pensar de los filósofos no es, de hecho, tanto un descubrir como un reconocer, un recordar de nuevo, un volver hacia atrás y un repatriarse a aquella lejana, antiquísima economía global del alma, de la cual habrían brotado en otro tiempo aquellos conceptos: -filosofar es, en este aspecto, una especie de atavismo del más alto rango...” (BM, Parág. 20).

Y entre esos “personajes conceptuales”, creados en los comienzos de la filosofía y ligados a la tarea del filosofar, Deleuze recupera, a aquel que permite definir a la filosofía misma: el sofista.

Si el filósofo es el “pretendiente” (el “amante” de la sabiduría), aquel que no la posee, se diferencia entonces del “sabio” (aquel que posee a la sabiduría) y, ante todo, se diferencia del “sofista”. Ahora bien, si aceptamos, con Deleuze, que la filosofía es el arte de fabricar conceptos, podríamos afirmar entonces que “el sofista” es un “invento de Platón”.

¿Cuál es el estatuto ontológico del sofista, ese personaje “ondulante” y, al mismo tiempo, “siniestro”*?

¿Cómo definir al filósofo frente al sabio y frente al sofista?

En el diálogo El sofista, Platón intenta definir –en el sentido de circunscribir, delimitar– el ser de ese personaje que se nos presenta con un “falso semblante de ciencia universal”, siempre dispuesto a discutir sobre “cualquier materia que se le presente” y “enseñarle todo a los demás a cambio de casi nada y en un casi nada de tiempo” (Platón, op.cit).

La filosofía platónica –y con ella, la filosofía en general– se define entonces como el intento de alcanzar la Verdad, donde el filósofo se inscribe como el “auténtico” pretendiente, el legítimo aspirante a la sabiduría. El sofista, lejos de reproducir “el modelo” del sabio, se presenta como: un “cazador”, un “negociante” e incluso “un contrincante” capaz de demostrar lo verdadero de lo falso y lo falso de lo verdadero. Y, en esta operación, no hace más que “mostrar” -simulando– una “sabiduría” que no detenta. Sin embargo, sus palabras “embrujadas y portadoras de embrujos”, son capaces, según Platón, de introducir ficciones y producir la ilusión de que se está “ante” la Verdad.

Cuestiones para analizar:

¿Cuál es entonces la diferencia entre el sofista, el filósofo y el sabio?

¿Cómo pensar en este contexto el filosofar?

¿Qué significa hoy, para nosotros, la filosofía? ¿y el filosofar?

Esperamos tus contribuciones al respecto.

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* Cuando decimos “siniestro”, nos referimos al término alemán “un-heimlich”, esto es, extraño, desconocido y, al mismo tiempo “familiar”.

2 comentarios:

Marfil dijo...

Hola Liliana: Cuántas y qué graves cuestiones se desprenden de tu pluma embrujada. Serán mentiras verdaderas o verdades mentirosas?

Tal vez, la Verdad con mayúsculas guste ocultarse y sólo podamos lograr virutas, frotando lámparas y chocando obstáculos lograremos verdades?

Jabés

Brian dijo...

Hola liliana esta muy bueno lo que escribiste de los personajes. saludos