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7 jun 2008

Lo universal es más que una palabra. Reflexiones sobre el problema ontólogico: de Heidegger a nosotros.

HEMOS dicho que la filosofía es el pensar, lo universal, que tiene por contenido igualmente lo universal; por tanto, el contenido del pensar filosófico no es solamente subjetivo, sino que es, al mismo tiempo, todo el ser.
(Georg W. F. Hegel, División general de la historia de la Filosofía,
en “Lecciones sobre la historia de la filosofía”, 1822)



Si, como dice Hegel, la filosofía pertenece al dominio de lo universal, habrá que preguntarse, más allá de la diferencia epistemológica entre “filosofía” (como aspiración a la Sabiduría) y “ciencia” (como abordaje de una particular región de objetos) qué es lo que hace de “lo universal” un objeto para la reflexión o, en todo caso, cómo hacer de “lo universal” un “objeto de reflexión”.
La historia de la filosofía muestra, en su constitución como “territorio” donde lo que se pretende alcanzar –lo que se busca- es “la Verdad”, un recorrido en el cual lo que aparece, son los diversos “rostros” de lo universal. Con esto, lo que quiero decir es que el “filosofar” es una operación que pone en juego una particular “figura del pensar”, esto es, en la actitud filosófica, el pensamiento adopta en cada caso una “figura” que delimita “lo pensable”.
Ahora bien: ¿Qué significa para nosotros hoy que la filosofía haga de “lo universal” su dominio?

En la tradición metafísica occidental, “lo universal” es “el Ser”. Sin embargo, por el momento, no hemos hecho más que sustituir un término por otro y confirmar nuestra perplejidad. La pregunta se desplaza desde “lo universal” a “el Ser”, como una de las figuras adoptadas por “lo universal”.
Para avanzar por el camino de la metafísica, deberemos entonces recurrir al menos a dos de sus mejores críticos: Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger.
Para el primero, la historia de la metafísica occidental no es más que un equívoco (puesto que el “mundo verdadero” terminó convirtiéndose en “una fábula”). Para el segundo, la historia de la metafísica occidental no es nada más –y nada menos- que el resultado de una “fatal ocultación” y de un “olvido”: el olvido de la diferencia ontológica entre “el ser” y “el ente”.
Sin embargo, ambos coinciden en este punto, en que la filosofía pertenece al dominio del pensar como representar. Y también coinciden en que la pretensión del filósofo –su aspiración de alcanzar la verdad- es la posibilidad de encontrar “el fundamento”. En este sentido, la imagen cartesiana del “árbol de la ciencia”, es de algún modo una metáfora de la pregunta filosófica que se manifiesta, más que como pregunta “por la raíz”, como “pregunta radical”: ¿por qué es el ente y no más bien la nada? (Leibniz)
Para nosotros, post-nietzscheanos y post-heideggerianos, pareciera que toda esta terminología careciera de sentido. Para nosotros, que vivimos en este “mundo humano, el mundo de la vida cotidiana, el "mundo de la vida" (Lebenswelt), “el Ser”, “la Verdad”, “lo Universal”, “el Fundamento”, son términos que carecen de determinaciones concretas. Sin embargo, también para nosotros pueden volverse significativos si podemos recuperar el “plano de inmanencia” en los cuales estos conceptos se organizan, se yuxtaponen y se condensan. De lo que se trata, es de poder reconocer “el problema” ante el cual los conceptos emergen como respuestas.


Por lo tanto: si para identificar “el concepto”, es necesario apelar a “el problema”, entonces, ¿de qué se ocupa la metafísica?
En este punto, creo que Heidegger es bastante claro: la metafísica se ocupa del ser del ente. La cuestión metafísica es la cuestión del ser.

Ahora bien, la pregunta retorna: entonces ¿qué es “el Ser”? Según Heidegger, el Ser no es el ente. La pretensión metafísica de dar cuenta del Ser es justamente una pretensión que no ha sido lograda, porque cada vez que los filósofos han intentado “nombrar” el Ser, lo que han “mentado” siempre ha sido “el ente”. De Anaximandro a Nietzsche, la metafísica no ha hecho más que “hablar del ente”, intentando “nombrar al ser”. Y esto justamente porque para “hablar”, para “decir”, es necesario “decir algo”. Y al “decir algo”, lo que se oculta –y lo que se hace manifiesto a la vez en el ente- es “el ser mismo”.

El “olvido del Ser” que, según Heidegger, comienza con los griegos, se extiende a lo largo del pensamiento moderno y culmina con el predominio del cálculo y de la técnica, significa que el ser se hace presente –para el pensamiento- como “esencia” (como “cosidad” de la cosa, como aquello que hace “a la cosa como cosa”, a “la cosa como esta cosa-determinada”). El “olvido del ser” implica el desplazamiento de la diferencia ontológica desde el plano del “ser” a “los entes” (confundiendo al ser con el ente “originario” que fundamenta sus “derivados”). El “ser-ente” puede tener cualquier nombre dice Heidegger: naturaleza, hombre, dios, materia, espíritu, pero ninguno de ellos es “el ser”. Es esta interpretación del ser como ente lo que ha dado como resultado el “olvido”.

Esta operación de “ocultamiento”, o de “encubrimiento”, no es ajena al “pensar”. Si el ser es lo que “se da a pensar”, entonces, debe volverse “pensable”. Ahora bien, sólo puede pensarse el “ser determinado”, y el “ser” como “ser determinado” es siempre “el ente”. El problema que deja abierto Heidegger es entonces el problema de la “representación”: bajo el dominio del Concepto –tal como surge desde los griegos- el “ser” sólo puede ser “representado”, y en ese representar, el “ser” se hace presente como “ente”.

Tenemos entonces que la metafísica, en lugar de ser exclusivamente una "disciplina específica” –similar a la gnoseología, la ética, o la epistemología- se hace presente, desde esta perspectiva, como una particular “figura del pensar” occidental. En este sentido, su deconstrucción requiere de operaciones donde se ponga en juego “pensar de otro modo”. Pensar, más allá de la diferencia ontológica o, simplemente, más allá de la diferencia.


Actividad obligatoria para los Estudiantes del Profesorado en Filosofía (ciclo lectivo 2008).

A partir de la lectura comprensiva y reflexiva del texto de Platón, el Timeo, donde el autor describe el "mito" (relato verosímil) de la creación del cosmos, se trata de caracterizar la relación que es posible pensar entre el ser verdadero y el ser aparente y de qué modo "el ser" queda ocultado detrás de "lo universal" del ente.

Buen trabajo para todos, espero sus primeras aproximaciones a esta cuestión en este Blog.