2 oct. 2012

Marcuse y el hombre unidimensional

Instituto de Educación Superior Nro.1
Dra. Alicia Moreau de Justo
Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Cátedra: Teoría del conocimiento
Profesorado en Filosofía


Reseña de Herbert Marcuse, El hombre unidimensional, Planeta de Agostini, Barcelona, 1985, capítulo 6: “Del pensamiento negativo al positivo: la racionalidad tecnológica y la lógica de la dominación”, pp. 171-196;
por Salvador Goldberg.

 Para Novella Suárez, existe una deuda de Marcuse respecto de Husserl. Debe reconocérsele su crítica a la ciencia y al positivismo[1]. En El hombre unidimensional, de Marcuse, se constata que existe tal resarcimiento, afirma Novella Suárez. En efecto, Marcuse rescata la crítica a la ciencia de Husserl, pero en el marco de una crítica al positivismo, siendo Husserl caracterizado como exponente de la visión de la teoría tradicional. Sería así algo rescatable, la obra de Husserl, en tanto crítica de la ciencia en la modalidad positivista, siendo Husserl mismo un exponente de ese campo intelectual de la teoría tradicional. De ahí lo valioso: fuego propio.

Pero el doble movimiento de Marcuse, la crítica y el reconocimiento de Husserl, no constituyen el núcleo duro de sus planteos. Novella Suárez se refiere a El hombre unidimensional en estos términos: es un “estudio de las modernas sociedades occidentales” y “una investigación de la unidimensionalidad del ser humano”[2]. Cabría hacer una pequeña rectificación a estos dichos de Suárez, para nada ociosa por otra parte, porque se constata al leer el mismo prefacio de Marcuse a la edición francesa de su obra, de febrero de 1967, que Marcuse nunca habla de que ese libro suyo sea un “estudio de las modernas sociedades occidentales”, sino que dice otra cosa bien distinta. En el mismo sostiene que lo que hizo fue analizar “algunas tendencias del capitalismo americano”. Como casi todo ciudadano de los Estados Unidos, se refiere a ese país como América, de ahí que por “capitalismo americano” haya que entender más bien capitalismo estadounidense. Estas tendencias, dice Marcuse, conducen a “una sociedad cerrada”, que es tal porque “disciplina e integra todas las dimensiones de la existencia, privada o pública”[3]. Esta sociedad cerrada lo es sólo hacia “su interior”; en cambio, “se abre hacia el exterior mediante la expansión económica, política y militar”. Expansión económica, expansión militar..; de todo el continente americano hay un solo país al que puede, con razón, achacársele tales empresas. ¿Cuál va a ser?

Pero caben más precisiones respecto a lo que Marcuse trató en su clásica obra. Es de sobra conocido el argumento sobre el “sueño americano”, ese american way of life, que es casi la representación arquetípica de la sociedad de consumo, sociedad de masas, atravesada por las irrupciones de las tecnologías de la información y la comunicación, como se les llama hoy en día, a los elementos que por mediados del siglo XX transformaban prácticas establecidas. En esta sociedad cerrada, afirma Marcuse, “apenas es posible ya la distinción conceptual entre los negocios y la política, el beneficio y el prestigio, las necesidades y la publicidad”[4]. Marcuse denuncia que ese “modo de vida” se exporta, y ese modo de vida lo que en realidad entraña es que: 
  “Con el capital, los ordenadores y el saber-vivir, llegan los restantes <>: relaciones libidinosas con la mercancía, con los artefactos motorizados agresivos, con la estética falsa del supermercado”[5]. 

            Marcuse va más allá, argumenta que se dificulta “traspasar esta forma de vida en cuanto que la satisfacción aumenta en función de la masa de mercancías. La satisfacción instintiva en el sistema de la no-libertad ayuda al sistema a perpetuarse”. Esta y no otra es “la función social del nivel de vida creciente”[6]. De alguna manera, puede hallarse una referencia no deseada a Marx. Se recordará la famosa última frase del Manifiesto comunista, de 1847: “Las clases dominantes pueden temblar ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella salvo sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar[7].

¿Por qué referencia no deseada? Porque el planteo de Marcuse podría traducirse así: si el proletariado tiene más cosas para perder, y no sólo sus cadenas, la liberación se complica. Si para perder, además de las cadenas, ahora tienen la televisión, la heladera, el autito, la radio, ¿por qué no la casita?, a los pibes en el colegio –pago, porque en Estados Unidos la escuela no es gratuita- el panorama se oscurece. De ahí que ese nivel de vida creciente sea mirado de soslayo, por lo menos. En el caso de Marcuse se llega quizás a los extremos: es una crítica total a estos aspectos del consumo, al que sólo le otorga un valor negativo en la construcción identitaria de los seres humanos; mediante el consumo se perpetúa el sistema. Antes de finalizar el prefacio, deja una frase como al pasar: “es preciso despertar”[8]. Se comprende, el consumo adormece, amansa de una manera distinta a la de la música, se termina por no ver y creer que se ve, diríamos. O mejor, dice Marcuse, ya que habla de la “falsa conciencia” del one-dimentional man.

            Y así, el contenido central de la obra de Marcuse se revela como percibida por el autor como actual, en su situación concreta. Ese llamado a dejar de dormitar, ese llamado a despertar, podría leerse como una percepción de que el llamado que se hace es urgente. Esa percepción de actualidad se presenta tanto más acuciante de ser transmitida cuanto que se constata aparecer como un momento cúlmine en la Historia. La sensación predominante es la de “hoy como nunca antes”.

            Marcuse, entonces, busca los fundamentos de esta situación particularísima que le tocó vivir. Encontró en Husserl un exponente de la teoría tradicional que critica al positivismo. Maquiavélico, no dudó en aceptar la amistad con el enemigo del enemigo. Aún así, no dejó de criticarlo. En el capítulo seis de la obra se advierte que para elegir a Husserl, desestimó a Piaget.

            Sobre Husserl, afirmó que en su obra sobre las crisis de las ciencias existen referencias a las “connotaciones técnicas precientíficas de la exactitud y la fungibilidad matemática”. Son estos conceptos los que indican, ya desde los orígenes, la prefiguración de una determinada manera de interpretar el mundo y un determinado sujeto funcional en su operatividad para interpretar ese mundo. Así lo expresa:  

La ciencia galileana es la ciencia de la anticipación y proyección metódica y sistemática. Pero –y esto es lo decisivo- de una anticipación y proyección específicas, o sea, aquella que experimenta, abarca y configura el mundo en términos de relaciones calculables, predecibles, entre unidades exactamente identificables. En este proyecto, la cuantificación universal es un prerrequisito para la dominación de la naturaleza… Pero es un proyecto sociohistórico específico, y la conciencia que asume este proyecto es el sujeto oculto de la ciencia galileana; la última es la técnica, el arte de la anticipación extendida hasta el infinito[9].

Marcuse rastreó algunas de las razones de su situación actual hasta la época de Galileo. La ciencia moderna contiene, así, desde sus mismos orígenes las marcas de la destrucción y de la producción, al decir del autor. Estaban ahí desde el comienzo, Marcuse denuncia su irrupción, su manifestación. Afirma que la dominación del hombre por el hombre encuentra en esta ciencia moderna, como la otra cara de sus principios, una batería  de “instrumentos conceptuales” que coadyuvaron a construir “un universo de control productivo autoexpansivo”[10].  

El método científico que lleva a la dominación cada vez más efectiva de la naturaleza llega a proveer así los conceptos puros tanto como los instrumentos para la dominación cada vez más efectiva del hombre por el hombre a través de la naturaleza… Hoy, la dominación se perpetúa y se difunde no sólo por medio de la tecnología sino cómo tecnología, y la última provee la gran legitimación del poder político en expansión, que absorbe todas las esferas de la cultura[11] 

            La tecnología, para Marcuse, “provee la gran racionalización para la falta de libertad del hombre”. Así, las personas no son libres, aduce el autor, pero no porque esta falta de libertad aparezca como irracional “ni como política”, sino porque se configura como “una sumisión al aparato técnico que aumenta las comodidades de la vida y aumenta la productividad del trabajo”[12].

            De hecho, el mismísimo Marcuse se refiere en estos términos a su propia interpretación sobre la “racionalidad tecnológica”. Dice que su interpretación:  

Ligaría el proyecto científico (método y teoría), anterior a toda aplicación y utilización, a un proyecto social específico, y vería el nexo precisamente en la forma interior de la racionalidad científica, esto es, en el carácter funcional de sus conceptos[13]           

A modo de conclusión, nada mejor que recurrir a la claridad de Marcuse, en lo que refiere a un fragmento de –casi- una filosofía de la historia. Considero que puede servir de conclusión porque plantea el, a mi parecer, núcleo duro de la obra. 

El punto al que estoy tratando de llegar es que la ciencia, gracias a su propio método y sus conceptos, ha proyectado y promovido un universo en el que la dominación de la naturaleza ha permanecido ligada a la dominación del hombre: un lazo que tiende a ser fatal para el universo como totalidad. La naturaleza, comprendida y dominada científicamente, reaparece en el aparato técnico de producción y destrucción que sostiene y mejora la vida de los individuos al tiempo que los subordina a los dueños del aparato[14] 

            Esta es, concretamente, la centralidad de los planteos de Marcuse.

            Pero en esta conclusión también habrá espacio para dar cuenta de que Marcuse, con ciertos pasajes de sus obras, se convierte en un insoslayable autor para pensar la actualidad. Algo tan actual como las relaciones de los medios masivos de difusión con las sociedades y los Estados, este tema reconoce en algunas ideas de Marcuse un precedente. Es a través de los medios que se produce, en mayor o menor medida, la difusión de los “restantes valores” que vienen con el capital y “los ordenadores”. Esto Marcuse lo señaló ya en 1964.

  Bibliografía
  • Bertolt Brecht, Galileo Galilei, Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 1964.
  • Herbert Marcuse, El hombre unidimensional, Planeta Argentina, Buenos Aires, 1993.
  • Carlos Marx, Federico Engels, Manifiesto del Partido Comunista, CS Editores, Buenos Aires, 2001.
  • Jorge Novella Suárez, “Crisis de las ciencias, Lebenswelt y Teoría Crítica”, en Daimon, Revista de Filosofía, N° 16, 1998.
VER APENDICE
  

[1] Jorge Novella Suárez, “Crisis de las ciencias, Lebenswelt y Teoría Crítica”, en Daimon, Revista de Filosofía, N° 16, 1998, p. 116.
[2] Ibíd., p. 115.
[3] Herbert Marcuse, El hombre unidimensional, Planeta Argentina, Buenos Aires, 1993, pp. 7-8.
[4] Marcuse, ob., cit., p. 8.
[5] Id.
[6] Id.
[7] Carlos Marx, Federico Engels, Manifiesto del Partido Comunista, CS Editores, Buenos Aires, 2001, p. 77.
[8]La expansión que salva al sistema, o al menos lo fortalece, no puede ser detenida más que por  medio de un contra-movimiento internacional y global. Por todas partes se manifiesta la interpretación global: la  solidaridad  permanece como el factor decisivo, también aquí Marx tiene  razón. Y es esta solidaridad la que ha sido quebrada por la productividad integradora del capitalismo y por el poder absoluto  de su máquina de propaganda, de publicidad y de administración. Es preciso despertar y organizar la solidaridad en tanto que necesidad biológica de mantenerse unidos contra la brutalidad y  la explotación inhumanas. Esta es la tarea. Comienza con la educación de la conciencia, el saber, la observación y el sentimiento que aprehende lo que sucede: el crimen contra la humanidad. La justificación del trabajo intelectual reside en esta tarea, y hoy el trabajo intelectual necesita ser justificado”. Marcuse, ob. cit., pp. 13-14.
[9] Marcuse, ob. cit., p. 191.
[10] Ibíd., p. 185.
[11] Ibíd., p. 187.
[12] Ibíd., 186.
[13] Marcuse, ob. cit., p. 187.
[14] Ibíd., p. 194.