2 oct. 2012

Apéndice


Apéndice

            Como ya se dijo, Marcuse valora la crítica de Husserl a la modalidad positivista de la ciencia, y toma nota de que desde sus orígenes, por los tiempos de Galileo, la ciencia moderna tenía en sí el huevo de la serpiente. Los rastros de la dominación que entraña la “racionalidad científica” pueden rastrearse hasta esos años, desde la década del 10 hasta mediados de la del 30, del siglo XVII.

            El hecho de que Husserl señale en la dirección de la época de Galileo a la hora de buscar los orígenes de las tendencias de un cierto modo de concebir y practicar las ciencias, me hizo pensar en Bertolt Brecht. No de casualidad, es cierto. Pensé directamente en la obra que escribió en 1939, basada en la vida de Galileo, y a la que tituló con razón, Galileo Galilei. La versión definitiva de la obra data de 1955. En 1957 se presentó por primera vez, por el grupo de teatro de Brecht, el Berliner Ensemble. Brecht había fallecido el año anterior. Pensé en esta obra porque creo que entraña en su historia la conexión de todos los temas acerca de los cuales se ha discurrido en estas líneas, y que se reproducirán quizás in extenso.

            Primeramente, un fragmento de la conversación que mantienen Galilei y el Secretario de la Universidad de Padua, a pocos años de comenzado el siglo nuevo, el XVII. El motivo de la visita del Secretario a la casa de Galilei es informarle que no se le va a poder dar el aumento que pedía, 1000 escudos, y que sólo podría llegarse hasta la mitad de esa suma.
 
EL SECRETARIO: No olvide usted que la República paga, tal vez, menos que algunos príncipes, pero a cambio garantiza la libertad científica. Nosotros, aquí en Padua, hasta permitimos algunos alumnos protestantes y también les otorgamos el título de doctor. Al señor Cremonini no solamente no lo entregamos a la Inquisición cuando se nos demostró –sí, señor Galilei, se nos demostró- que realizaba manifestaciones antireligiosas, sino que todavía le aumentamos el sueldo. Hasta en Holanda se sabe que Venecia es la República donde la Inquisición no dice esta boca es mía. Todo esto tiene mucho valor para usted que cultiva la astronomía, es decir, una ciencia en la que desde hace poco tiempo no se respetan con la debida consideración las enseñanzas de la Iglesia.

GALILEI. — A Giordano Bruno lo entregaron ustedes a Roma porque divulgaba las teorías de Copérnico.

EL SECRETARIO. — No, no lo entregamos por divulgar las teorías de Copérnico, que por otra parte son falsas, sino porque él ni era veneciano, ni investía aquí ningún cargo. No se queme usted ahora con el quemado, está bien que dispongamos de libertad completa, pero no por eso es aconsejable gritar a los cuatro vientos un nombre así sobre el que recae la expresa maldición de la Iglesia. Ni aquí, ni siquiera aquí dentro.

GALILEI. — Así que vuestra protección a la libertad de pensamiento os resulta un buen negocio, ¿verdad? Mientras vosotros llamáis la atención de que la Inquisición trabaja y quema en otros lugares, obtenéis aquí maestros buenos y baratos. La protección que ejercéis ante la Inquisición os beneficia por otro lado al pagar los sueldos más bajos.

EL SECRETARIO. — ¡Eso es injusto! ¡Injusto! ¿De qué le serviría a usted disponer de mucho tiempo para la investigación si cada monje ignorante de la Inquisición podría, sin más ni más, prohibir sus pensamientos? No hay rosas sin espinas ni príncipes sin monjes, señor Galilei.

GALILEI. — ¿Y de qué sirve la libertad científica sin tiempo libre para investigar? ¿Qué pasa con los resultados? ¿Por qué no muestra a los señores consejeros mis investigaciones sobre las leyes de la gravitación? (muestra un manojo de manuscritos) y pregúnteles si esto no vale un par de escudos más.

EL SECRETARIO. — Son de un valor infinitamente más grande, señor Galilei.

GALILEI. — No de un valor infinitamente más grande, sino de quinientos escudos más, señor.

EL SECRETARIO. — Un escudo tiene valor sólo cuando trae a otro escudo. Si quiere ganar dinero debe mostrarnos otras cosas. Usted sólo puede exigir para la ciencia que vende, tanto como la ganancia que recibirá aquel que se la compra. Ahí tenemos el ejemplo de la filosofía que el señor Colombe vende en Florencia, pues bien, ella trae al Príncipe, por lo menos, diez mil escudos por año. Sus leyes de la gravitación han causado, por cierto, mucho revuelo. Se las aplaude en París y Praga. Pero esos señores que allá aplauden no pagan a la Universidad de Padua lo que usted le cuesta. Su desgracia es la ciencia que ha elegido, señor Galilei.

GALILEI. — Sí, comprendo. Comercio libre, ciencia libre. Comercio libre con la ciencia libre, ¿verdad?

EL SECRETARIO. — ¡Pero señor Galilei! ¡Qué criterio! Permítame decirle que no

comprendo completamente sus chistosas observaciones. El floreciente comercio de la República no puede ser objeto de sospechas. En cuanto a la ciencia, en los largos años de mi cargo universitario nunca me atreví a hablar de ella en ese, si se me permite, en ese tono tan frívolo. (Continúa mientras Galilei dirige nostálgicas miradas a su mesa de trabajo.) ¡Piense usted un poco en la situación actual! ¡En la esclavitud bajo cuyo látigo suspiran las ciencias en ciertos lugares! ¡Allí, hasta se han cortado látigos de los antiquísimos infolios de cuero! En esos lugares no debe saberse por qué la piedra cae, sino que sólo puede repetirse lo que Aristóteles escribe. Los ojos se tienen sólo para leer. ¿Para qué nuevas leyes de la caída de los cuerpos si sólo lo que importa es la caída de rodillas? Compare esto con la inmensa alegría con que nuestra República recibe sus pensamientos, así sean los más atrevidos. ¡Aquí puede usted investigar! ¡Aquí puede usted trabajar! Nadie lo vigila, nadie lo persigue. Nuestros comerciantes, que bien saben lo que significa mejores lienzos en la competencia con los florentinos, aprecian muy bien su llamado de "Mejor física", y, por otro lado, ¡cuánto debe agradecer la física a la exigencia de mejores telares! Nuestros más distinguidos ciudadanos se interesan por sus investigaciones, lo visitan y se hacen mostrar sus descubrimientos, y es por cierto gente que no puede desperdiciar su propio tiempo. No desprecie al comercio, señor Galilei. Nadie permitiría que lo molestaran a usted en su trabajo o que algún entrometido le crease dificultades. Reconozca, señor Galilei, que aquí usted puede trabajar.

GALILEI (desesperado). — Sí.

EL SECRETARIO. — En lo que respecta a sus necesidades materiales, haga nuevamente algo bonito, como aquel famoso compás militar con el que (va contando con los dedos) sin ningún conocimiento de matemáticas es posible trazar línea, calcular los intereses compuestos de un capital, reproducir croquis de terrenos en diversas escalas y estimar el peso de las balas de cañón.

GALILEI. — Sandeces[1].

 
Por último, el parlamento final de Galilei, cuando ya viejo y casi ciego vive con su hija, Virginia, prisionero de la Inquisición.  

GALILEI. — En las horas libres de que dispongo, y que son muchas, he recapacitado sobre mi caso. He meditado sobre cómo me juzgará el mundo de la ciencia del que no me considero más como miembro... La ciencia comercia con el saber, con un saber ganado por la duda. Proporcionar saber sobre todo y para todos, y hacer de cada uno un desconfiado, eso es lo que pretende… La miseria de la mayoría es vieja como la montaña y desde el pulpito y la cátedra se manifiesta que esa miseria es indestructible como la montaña. Nuestro nuevo arte de la duda encantó a la gran masa. Nos arrancó el telescopio de las manos y lo enfocó contra sus torturadores… La lucha por la mensurabilidad del cielo se ha ganado por medio de la duda; mientras que las madres romanas, por la fe, pierden todos los días la disputa por la leche. A la ciencia le interesan las dos luchas... Mi opinión es que el único fin de la ciencia debe ser aliviar las fatigas de la existencia humana. Si los hombres de ciencia, atemorizados por los déspotas, se conforman solamente con acumular saber por el saber mismo, se corre el peligro de que la ciencia sea mutilada y que vuestras máquinas sólo signifiquen nuevas calamidades... Yo, como hombre de ciencia tuve una oportunidad excepcional: en mi época la astronomía llegó a los mercados. Bajo esas circunstancias únicas, la firmeza de un hombre hubiera provocado grandes conmociones. Si yo hubiese resistido, los estudiosos de las ciencias naturales habrían podido desarrollar alga así como el juramento de Hipócrates de los médicos, la solemne promesa de utilizar su ciencia sólo en beneficio de la humanidad. En cambio ahora, como están las cosas, lo máximo que se puede esperar es una generación de enanos inventores que puedan ser alquilados para todos los usos. Entregué mi saber a los poderosos para que lo utilizaran, para que no lo utilizaran para que se abusaran de él, es decir, para que le dieran el uso que más sirviera a sus fines. Yo traicioné a mi profesión[2].

 



[1] Bertolt Brecht, Galileo Galilei, Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 1964, pp. 106-108.
 
[2] Bertolt Brecht, Galileo Galilei, Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 1964, pp. 198-200.